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domingo, 20 de marzo de 2011

EL ALMIRANTE NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA - La batalla del Trafalgar.


El 19 de marzo de 2011 se cumplieron 233 años del natalicio de JOSÉ PRUDENCIO PADILLA; oficial mulato, héroe naval de la Batalla de Trafalgar, Partícipe del movimiento independentista del Once de Noviembre de 1811. Prócer de la independencia de Colombia y Venezuela, creador de la Armada Nacional y primer Almirante de la Gran Colombia. Ha sido olvidado por la historia de Colombia e ignorado por los cartageneros, sus hijos.

Biografía.

 Retomando las palabras de Gregorio Cerra, primer biógrafo y compañero de armas: “Este eminente defensor de la independencia americana nació en la ciudad de Riohacha, el 19 de marzo de 1778, sin otras prendas, que la de ser hijos de padres honrados, aunque pobres.  Su primera carrera apenas llegara a los 14 años, fue la de marinero en la Marina Real Española, en la que, embarcado a tan tierna edad, no pudo obtener otra clase que la más inferior (muchacho de cámara).  Allí se hizo hombre; por su pericia, desde la clase de grumete, adquirida en las largas campañas de 12 años que había hecho desde 1792 en que se embarcó, pudo llegar como hombre experimentado a la clase de contra-maestre de navío, plaza que no se concedía  a los servidores americanos, pero ni aún a los europeos, sino después de bien probadas sus aptitudes en tal servicio”.  Continúa Cerra “Padilla al servicio español combatió en la acción naval de Trafalgar; y hecho prisionero entonces, estuvo en un pontón, en uno de los fuertes de Inglaterra, hasta que restablecida la paz entre los gobiernos en 1808 pasó a España.  En aquel tiempo vino a América por disposición del gobierno de la Península, con destino de contra-maestre del Arsenal del Apostadero de Cartagena”
  
La Batalla de Trafalgar

Trafalgar o la Batalla del 21 como la llamaron los ingleses, es sin duda una de las más famosas batallas navales de la historia.  En esta batalla se dieron al traste los planes de Napoleón de bloquear a Inglaterra, aconteció también la muerte de Nelson el gran almirante inglés a bordo del barco “Victory”, y por supuesto, la derrota a manos de los ingleses de la famosa Armada Invencible (Franco-española) compuesta por La Marine Impériale y La Flota Real Española.  A pesar de esta derrota, lo que ha obtenido una gran relevancia fue sin duda el valor y heroísmo mostrado por algunos marinos españoles y franceses, que a sabiendas de su inferioridad estratégica y de poderío, no huyeron y se batieron hasta la muerte.
Los barcos españoles que marcaron la diferencia por su tenacidad, fueron “Santísima Trinidad” que naufrago la noche del 21 debido a su mal estado después de la batalla y el  “San Juan Nepomuceno”, capturado por los ingleses después de batirse contra 6 barcos de la Marina inglesa, a pesar de haber perdido al capitán Churruca y su segundo al mando.
Nos extenderemos en este punto para recrear este momento histórico, trayéndoles un aparte de textos de Benito Pérez Galdós y Manuel Zapata Olivella

            Texto tomado de “Trafalgar” de Benito Pérez Galdós, Episodios Nacionales

“El Nepomuceno vino a quedar al extremo de la línea. Rompióse el fuego entre el Santa Ana y Royal Sovereign, y sucesivamente todos los navíos fueron entrando en el combate. Cinco navíos ingleses de la división de Collingwood se dirigieron contra el San Juan; pero dos de ellos siguieron adelante, y Churruca no tuvo que hacer frente más que a fuerzas triples.
Nos sostuvimos enérgicamente contra tan superiores enemigos hasta las dos de la tarde, sufriendo mucho; pero devolviendo doble estrago a nuestros contrarios. El grande espíritu de nuestro heroico jefe parecía haberse comunicado a soldados y marineros, y las maniobras, así como los disparos, se hacían con una prontitud pasmosa. La gente de leva se había educado en el heroísmo, sin más que dos horas de aprendizaje, y nuestro navío, por su defensa gloriosa, no sólo era el terror, sino el asombro de los ingleses.
Estos necesitaron nuevos refuerzos: necesitaron seis contra uno. Volvieron los dos navíos que nos habían atacado primero, y el Dreadnoutgh se puso al costado del San Juan, para batirnos a medio tiro de pistola. Figúrense ustedes el fuego de estos seis colosos, vomitando balas y metralla sobre un buque de 74 cañones. Parecía que nuestro navío se agrandaba, creciendo en tamaño, conforme crecía el arrojo de sus defensores. Las proporciones gigantescas que tomaban las almas, parecía que las tomaban también los cuerpos; y al ver cómo infundíamos pavor a fuerzas seis veces superiores, nos creíamos algo más que hombres.
Entre tanto, Churruca, que era nuestro pensamiento, dirigía la acción con serenidad asombrosa. Comprendiendo que la destreza había de suplir a la fuerza, economizaba los tiros, y lo fiaba todo a la buena puntería, consiguiendo así que cada bala hiciera un estrago positivo en los enemigos. A todo atendía, todo lo disponía, y la metralla y las balas corrían sobre su cabeza, sin que ni una sola vez se inmutara. Aquel hombre, débil y enfermizo, cuyo hermoso y triste semblante no parecía nacido para arrostrar escenas tan espantosas, nos infundía a todos misterioso ardor, sólo con el rayo de su mirada.
Pero Dios no quiso que saliera vivo de la terrible porfía. Viendo que no era posible hostilizar a un navío que por la proa molestaba al San Juan impunemente, fue él mismo a apuntar el cañón, y logró desarbolar al contrario. Volvía al alcázar de popa, cuando una bala de cañón le alcanzó en la pierna derecha, con tal acierto, que casi se la desprendió del modo más doloroso por la parte alta del muslo. Corrimos a sostenerlo, y el héroe cayó en mis brazos. ¡Qué terrible momento! Aún me parece que siento bajo mi mano el violento palpitar de un corazón, que hasta en aquel instante terrible no latía sino por la patria. Su decaimiento físico fue rapidísimo: le vi esforzándose por erguir la cabeza, que se le inclinaba sobre el pecho, le vi tratando de reanimar con una sonrisa su semblante, cubierto ya de mortal palidez, mientras con voz apenas alterada, exclamó: Esto no es nada. Siga el fuego.

"Muerte de Churruca". Museo del Prado de Madrid.
Pintura de Álvarez Dumont. 
Su espíritu se rebelaba contra la muerte, disimulando el fuerte dolor de un cuerpo mutilado, cuyas postreras palpitaciones se extinguían de segundo en segundo. Tratamos de bajarle a la cámara; pero no fue posible arrancarle del alcázar. Al fin, cediendo a nuestros ruegos, comprendió que era preciso abandonar el mando. Llamó a Moyna, su segundo, y le dijeron que había muerto; llamó al comandante de la primera batería, y éste, aunque gravemente herido, subió al alcázar y tomó posesión del mando.
……….
Rindiose el San Juan, y cuando subieron a bordo los oficiales de las seis naves que lo habían destrozado, cada uno pretendía para sí el honor de recibir la espada del brigadier muerto. Todos decían: «se ha rendido a mi navío», y por un instante disputaron reclamando el honor de la victoria para uno u otro de los buques a que pertenecían. Quisieron que el comandante accidental del San Juan decidiera la cuestión, diciendo a cuál de los navíos ingleses se había rendido, y aquél respondió: «A todos, que a uno solo jamás se hubiera rendido el San Juan»”

  
El Dolor  de haber nacido negro”  tomado de “CHANGO EL GRAN PUTAS” (Novela) de     Manuel Zapata Olivella. Voz de José Prudencio Padilla.
  
“Ahora, quiero hablarte de Trafalgar. Desde aquí, sumergido, húmeda la pólvora, la batalla es más relampagueante. Los barcos agujereados bajaban lentamente buscando anclar en el fondo del océano. Pero allá arriba, ¿las oyes? Retumba atronadora la artillería.
 Cerca de nosotros se hunde el “Santísima Trinidad” alcanzado por los artilleros del “Temararie”- Al comandante Cosme Damian de Churruca le invade el presentimiento la derrota:
-¡A los que mueran les prometo el cielo y la lacería de por vida a los que no combatan!
 El San Juan de Nepomuceno está rodeado por seis barcos ingleses. La primera andanada se llevó nuestro puente de mando. Otra arrasará el portete de estribor prendiendo fuego en la galera. Mi capitán ordenó al cazador de vergas que clave nuestro pabellón al mástil para que nadie lo arrié en caso de asalto. Pero sus voces ya no las  escucha  nadie. La explosión destruyó el depósito de la santa barbará y le arranca una pierna. Moribundo, me entrego su sable:
 -¡Defienda al Rey y la bandera de España!
 Mírale su cara blanca, vacía, náufraga, sin una gota de sangre. Cojea con su única pierna buscando donde escribir desde estos fondos del mar la última carta a su mujer. Los ingleses nos abordan por estribor y los nuestros olvidados de la amenaza del capitán difunto, arrían la bandera de España para que   ondeé sobre el mástil el pabellón ingles.
 Aun creo que el Rey y en mi comandante, aunque soy el único en combatir al lado de su cadáver. Un sable me hiende el ojo iluminado. Yemayá, su mano, la ola gigante me salvo la vida.
 En Trafalgar, padre, perdí mi capitán, mi barco y mi Rey, pero gano otra bandera: mi raza.”

Ampliación Bibliográfica:

"Changó el gran putas" Editorial Oveja Negra Manuel Zapata Olivella

"Trafalgar" Salvat Editores S.A. 1970 Benito Pérez Galdós

“El Almirante Padilla”, compilación de José M. de Mier Biblioteca Banco Popular, 1973.

Ver: Biografía de Padilla, Gran Enciclopedia de Colombia del Círculo de Lectores, tomo de biografías. http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/biografias/padijose.htm

Ver “Homenaje al Bicentenario del Natalicio del Almirante José Padilla”. Sello conmemorativo, Administración Postal Nacional 1984    http://www.armada.mil.co/?idcategoria=1544


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